12/1/12

CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA: "MEDIANOCHE EN PARÍS"

“MEDIANOCHE EN PARÍS”
¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?
Woody Allen construye una nostálgica fábula en la que pasado y presente se conectan a través de un carro antiguo. Reflexiva, nos invita a pensar sobre añoranzas y realidades.

¿Quién no soñó alguna vez viajar al pasado para revivir momentos felices o conocer a las grandes personalidades de la historia? Supongamos que todas las noches, con sólo subir a un coche antiguo, pudiera reunirse con Scott Fitzgerald, Salvador Dalí, Ernest Hemingway y demás personajes. ¿Quién no accedería a semejante proposición?
En “Medianoche en París”, Woody Allen le permite a Gil Pender (Owen Wilson) cumplir con esta fantasía. Como en “Match Point” y “Vicky Cristina Barcelona”, el afamado director vuelve sus ojos a Europa para desarrollar esta nostálgica y reflexiva comedia romántica. 
A la “Ciudad Luz” llega Gil, un mediocre escritor estadounidense que quiere dejar los guiones de Hollywood para dedicarse a la novela, junto a su prometida Inez (Rachel Mc Adams) y sus suegros John (Kurt Fuller) y Helen (Mimi Kennedy). Desde el principio, se marcan claras diferencias entre el protagonista y su mujer. Él es un bohemio, amante de los años ’20 que desea mudarse a París tras el casamiento, mientras que ella es conservadora, ansía vivir en Malibú y lo desalienta en cada uno de sus emprendimientos. Aquí se establece una de las características de los films de Allen: el hombre sumido a la voluntad de una mujer demandante y dominante.
Para colmo, en su estadía parisina coinciden con Paul (Michael Sheen), un pedante ex compañero de universidad de Inez, por el cual se desvive. A partir de allí, cada día de la pareja será compartido con el egocéntrico esnob y su novia. Hasta que, tras una tediosa cena, Gil decide abandonar a sus acompañantes para deambular solo por las calles de París. Sin embargo, afectado por el vino local, pierde el camino a casa y se sienta en unas escaleras para recuperarse. Allí, cuando el reloj marca las doce (como en los mejores cuentos de hadas) un carro arcaico llega y los alegres pasajeros lo invitan a subir. A partir de ahí, el joven se trasladará a la época que tanto añora, se cruzará con algunas de las grandes figuras del arte y, para completar el cuadro perfecto, Adriana (Marion Cotillard), la refinada y provocativa amante de varios artistas, comenzará a fijarse en él.
De esta forma, Allen construye un relato fantástico, cálido y perturbador, que rinde más que cualquier sesión de psicología. El film nos abre las puertas a reflexionar acerca de nuestras aspiraciones ocultas y cuentas pendientes.
Además, sin grandes despliegues técnicos y con una ambientación natural, la historia enamora y, si bien parece lenta, sostiene un ritmo que atrapa hasta el final.
Asimismo, los diálogos simples y algunos guiños históricos permiten el lucimiento de los actores, cada uno ideal para su papel, aunque sorprende Owen Wilson. El texano, habituado a papeles cómicos absurdos, compone un sólido personaje dubitativo y soñador que a lo largo de la fábula se debate entre el mundo real actual y el ideal pasado. Esa disyuntiva regirá toda la película e, inevitablemente, cuando el espectador salga de la sala pondrá en duda aquél refrán de antaño. ¿Todo tiempo pasado fue mejor?

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