ALEJANDRO LUNADEI
“Mi padre era atípico y genial, pero no tenía muchos preceptos morales”
El hijo de Gianni repasa vida y obra de su padre. “No lo juzgaba en cuanto a su elección de vida, que muchas veces lo llevó a no ser feliz y a hacerle daño a mucha gente”, asegura. Un relato conmovedor sobre la inestable carrera del memorable actor.
Ser hijo de un famoso no es sencillo. Mucho menos si eso implica sufrir las consecuencias de su vida alborotada. Sin embargo, hay algunos que logran superar estos obstáculos y prefieren recordar lo mejor de sus padres. Es el caso de Alejandro, hijo del reconocido actor Gianni Lunadei. Este hombre nacido hace 46 años en Barrio Norte es un personaje en sí mismo. Durante su “polifacética vida” –como él la define- hizo de todo: comenzó como actor infanto-juvenil, fue desde oficinista y cadete de almacén hasta encargado de una sección de publicidad del diario “Página 12” y co-conductor de un programa de tango en Radio Municipal. No obstante, su pasión siempre fue la escritura, por la que decidió estudiar Filosofía y Letras en la UBA. En la actualidad es un “casi” Licenciado –aún debe rendir un examen de Inglés- y desde hace once años se dedica de lleno a la docencia en varios colegios de Pilar. Aquí la historia del hombre que de su padre heredó no sólo su apellido, sino también su histrionismo y elocuencia.
¿Por qué eligió Filosofía y Letras?
Por cabeza dura, no me imaginaba en otra cosa. Vengo de una familia de artistas -mi papá era actor, mi mamá cantante-, así que nunca me asustó mucho la posibilidad de una vida azarosa. De chico siempre fui muy imaginativo, inventaba mis propias historias y en la adolescencia se me dio por leer y escribir.
¿Ingresó en Filosofía y Letras pensando o soñando con ser un gran escritor?
Sí, y en ese sentido es en el que más me decepcionó la carrera. Mejor dicho, me enseñó que escribir pasa por otro lado, eso no se estudia. Lo que enseña es a leer más que a escribir. Por esta razón me volví mucho más crítico y en mis años de carrera fue cuando más me alejé de la escritura porque me autocensuré mucho.
Y en un principio no me llamaba la atención la docencia. Sin embargo, la necesidad que me generó la desocupación –en los últimos años de la década del ‘90- y tener que mantener una familia me llevó a dar materias en colegios. Y las vueltas de la vida quisieron que termine viviendo de eso.
¿Qué es lo que busca transmitirle a los alumnos?
Humildemente, pasión por la lectura. Los adolescentes son personas a las que es muy fácil contagiarles las ganas porque son muy emotivos y lo mejor es que tengan un profesor apasionado. Si puedo trasladar ese sentimiento siento que es la mejor recompensa. De todas las cosas que hice en mi vida, sólo la docencia me dio esa satisfacción de poder hacer algo trascendente por otro. Que veinte años después de haber sido profesor, alguien pueda tener un recuerdo valioso de uno.
Los alumnos y ex alumnos, ¿le demuestran cariño o respeto?
Hay de todo, está el que cruza la calle también. En general, los alumnos cruzan la vereda a saludarme o mantienen el contacto por Facebook o personalmente. Para mí eso es el indicador de cómo estoy haciendo mi trabajo. También es muy importante la devolución de afecto. Si uno no deja algo intelectual porque al alumno no le interesa la materia, lo bueno es que tengan un buen recuerdo del docente como persona. La docencia permite trascender la barrera de los contenidos.
¿Qué le dejó su breve incursión actoral?
Muy felices recuerdos y, sobre todo, una impronta. Cuando doy clases actúo muchísimo y es uno de mis principales recursos. Además, me sirvió para conocer la cocina de los medios. En realidad, me marcó para todo lo que hice después.
¿Se considera un buen actor?
Modestamente sí. Puedo decir que tuve buenas críticas. Me pesó bastante ser hijo de actor, eso me limitó porque la genética es innegable y perdés la posibilidad de ser evaluado independientemente.
¿Le abrió puertas su apellido?
En un principio sí, porque en la época que trabajé en televisión no existía la plaza de actores infantiles y adolescentes como hoy. Comencé con un “bolo” y a partir de ahí empezaron a llamar. Donde había un papel de hijo, yo hacía algún “trabajito”. Hasta que llamaron de una telenovela para hacer de hijo de mi papá. Eso fue cuando tenía 11 años y me dio continuidad. Con el tiempo, hasta a mi papá empezó a no gustarle la situación.
Sin embargo, eso en determinado momento se cortó y a los 14, 15 años tuve que decidir si retomaba mi vieja carrera de actor, con todo lo que ello implicaba: la comparación y la competencia que tenía que generar con mi propio padre. Eso me terminó de definir para el lado de la literatura.
Con la vuelta de los años, a mi papá le agarró curiosidad de por qué no seguí sus pasos. Le dije ‘no te diste cuenta, pero no pude ser actor porque, en cierta medida, me pesabas vos’.
¿Cómo recuerda a su padre?
Era atípico… y genial. No era un padre con muchos preceptos morales. Ante todo era un artista, con una profesión y una vida inestables. Un personaje muy seductor, muy gracioso, y que, por esa misma razón, era muy nocturno, muy dado a la diversión. Hay que imaginar también cómo es el ambiente de la farándula. Fue muy mujeriego, tuvo varios matrimonios.
Por otra parte, era muy cariñoso, divertidísimo. Uno de sus mejores legados es el recuerdo de la gente, que todavía se ríe y me dice ‘¡tu papá era un grande, cómo me hacía reír!’.
Por otro lado me heredó su inmenso amor por la cultura. Era un hombre muy culto y para mí, en ese sentido, fue el modelo fundamental. Mi papá valoraba la lectura y disfrutaba del arte. Mis recuerdos de papá entrecasa son: escuchar ópera y música clásica con él, hablar de libros, ir al cine.
¿Alguna vez se enojó con él por el estilo de vida que llevaba?
Muchísimas, sobre todo en mi adolescencia. Siempre fui el hijo más rebelde y lo enfrenté en varias oportunidades, lo que nos llevó a tener distanciamientos. No lo juzgaba en cuanto a su elección de vida y aprendí a ser tolerante en ese sentido. Lo que más conflicto me produjo fue cuando esa elección de vida implicó abandonar otras responsabilidades. Es decir, hubiera querido tener, en determinados momentos, al padre que te pone la mano en el hombro y te da un consejo, quizás eso fue lo que faltó en su momento. Aunque no dejé de tenerlo porque hablábamos mucho, la relación con él era muy franca.
En sus últimos años, recurrió a mí para charlar y -desapasionadamente, sin conflictos ni problemas- hablamos de ese estilo de vida que tenía, que a veces lo llevó a no ser feliz, a darse cuenta que sin querer había hecho daño a mucha gente. De alguna manera pudo tener ese gesto reparador de confesarse.
Lo pongo en crítico artístico de su padre, ¿qué fue lo mejor que hizo?
¡Qué difícil! Si tengo que ponerme en ese lugar, pienso inevitablemente en rescatar lo dramático, lo menos conocido de él. Hay un una obra de teatro llamada “Marat Sade”, de Peter Weiss. No tengo un recuerdo directo, pero dicen que fue un trabajo espectacular. Me impresionaron las fotos y lo que me comentaron que hacía.
Un trabajo que vi y me impactó fue “Arlequino, servidor de dos patrones”, donde él hacía el personaje de Pantaleón.
Por supuesto que todo lo que hizo en televisión fue muy entretenido. La época de “Mesa de Noticias” fue memorable porque él prácticamente creaba todo lo que hacía en el programa. Juan Carlos Mesa lo sigue recordando hasta hoy como un co-autor porque papá le decía ‘se me ocurrió esto’ y Mesa se lo preparaba, se lo escribía y le dejaba el espacio para que improvisara. Entre paréntesis, siempre le agradezco mucho a Mesa que cuente este tipo de anécdotas porque es difícil encontrar un autor que admita que el programa se lo hacía el actor.
También, recuerdo un programa de Nito Artaza que se llamaba “Bocanitos de Artaza”, en donde de un sketch armaba un personaje. Todo el tiempo estaba improvisando.
¿Hay algún papel que no le gustó?
No, eso me cuesta más. A veces lo vi hacer papeles en los cuales repetía una letra sin mucha convicción, en la etapa que hizo telenovelas. Igualmente, siempre tenía recursos para salir dignamente.
Hay una película que él odiaba -se llama “Comedia rota”- porque no le convencía el rumbo que le dio el director a su personaje.
Sin embargo, no hay nada en que lo haya visto mal. Tenía la virtud de poner mucho de sí y, si el papel era tonto, lo transformaba en algo destacado.
Un capo. En el instituto le decíamos Luni Tunes.
ResponderEliminarUn gran profesor, tanto en sabiduría como en calidad de persona... a diez años de haber terminado la secundaria, cierro los ojos y me parece estar en esas divertidas clases dando diferentes opiñones de cien años de soledad...
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